Prevención de la enfermedad de Alzheimer

Prevención de la enfermedad de Alzheimer

RAFAEL SÁNCHEZ VÁZQUEZDirector Médico Coordinador del CRE de Alzheimer del Imserso

De todos es sabido, dada la amplísima información científica y divulgativa desarrollada sobre esta enfermedad neurodegenerativa, que la enfermedad de Alzheimer es un síndrome que afecta en primer lugar a la memoria y tiempo después a otras funciones intelectuales superiores (planificación, atención, juicio, reconocimiento, lenguaje, funcionalidad, etc), hasta llegar en el peor de los casos a una vida vegetativa.

En medicina, desde hace muchos siglos, se ha puesto mucho énfasis no solo en la faceta curativa o rehabilitadora, sino en la preventiva, que ha permitido modificar el curso epidemiológico de muchas enfermedades (Carnero Pardo, C. 2009), llegando incluso a la erradicación (ejemplo, la viruela).

La enfermedad de Alzheimer, que causa degeneración y atrofia de corteza cerebral por causas aún desconocidas, no ha sido ajena a esta faceta médica. Se ha llegado a ensayar incluso alguna vacuna, aunque ésta no tiene las mismas connotaciones que conocemos en infecciosas. La neuróloga Dra. Gómez Isla (2011) refiere que «hasta hoy nadie ha demostrado que la enfermedad de Alzheimer se pueda prevenir».

A pesar de todo, existen bastantes estudios y aproximaciones sobre factores, aspectos parciales, estilos de vida y marcadores que aumentan la Reserva Cerebral (Stern, Y. 1999), entendida ésta como la posibilidad de tener lesiones cerebrales propias del alzheimer, sin desarrollar demencia. Entre estos factores o variables (Vecilla, Y. 2009), las que más influyen son las innatas, aquellas con las que se nace, tales como número de neuronas, tamaño del cerebro, o densidad o cantidad de las sinapsis de unión entre neuronas; u otras, adquiridas (Stern, Y. 2006), sobre las que sí se puede influir: laborales u ocupacionales (puestos de trabajo desarrollados), actividades de ocio, educación recibida y relacionales o de vínculos sociales, como más importantes.

La reserva cognitiva, concepto ligeramente distinto al anterior, podría traducirse como que a igualdad de lesiones cerebrales de tipo alzhéimer, una persona con menor reserva cognitiva, estaría más demenciada que otra con mayor reserva.

Pueden interrelacionarse ambos conceptos diciendo que la estimulación ambiental, el entrenamiento mental y el aprendizaje fomentarían el desarrollo neuronal, de sinapsis o comunicaciones entre neuronas y la plasticidad neuronal o capacidad de adaptación de las redes neuronales a lesiones en áreas cerebrales. Este fomento o estimulación de la parte biológica (Sánchez, JL. 2002) constituiría la reserva cerebral o pasiva, la cual influiría directamente sobre la reserva cognitiva o activa, responsable de los efectos comentados anteriormente.

En lo que sí están de acuerdo muchos de los autores y expertos sobre este concreto tema es en que se puede hacer prevención sobre factores que ejercen fuerte incidencia sobre la aparición de la enfermedad de Alzheimer (Barnes, DE y cols. 2011).

Los más estudiados son:

  • Diabetes
  • Hipertensión arterial
  • Obesidad, sobre todo, a partir de los 50 años
  • Depresión
  • Inactividad física
  • Tabaquismo
  • Bajo nivel de educación

Con respecto a este último, Stern prefiere hablar de cultura (capta lo que la persona ha logrado) o de cociente intelectual, mejor que de educación (entendida como tiempo en la escuela), ya que en numerosos estudios multiculturales entre los que varía mucho la educación recibida, la historia natural de la enfermedad no varía en la misma medida.

La ya citada Deborah Barnes (The Lancet, 2011) de la Universidad de San Francisco, California, y su grupo, definió el Riesgo Atribuible a la Población (PAR, en sus siglas en inglés) que cuantifica en porcentaje los casos de enfermedad de Alzheimer que podrían prevenirse si desapareciera el factor de riesgo.

Concretamente:

  • Si se eliminara la inactividad física, el riesgo disminuiría el 12,7 %
  • Si se eliminara el uso del tabaco, el riesgo disminuiría el 13,9 %
  • Si aumentara el nivel educativo, el riesgo disminuiría el 19 %
  • Y otros de los referidos más arriba, en menor porcentaje

Calcula que si disminuyera la incidencia de estos factores el 25 %, se podrían prevenir 3 millones de casos de Alzheimer en el mundo. El mismo trabajo reconoce que únicamente son cálculos matemáticos, y que se precisarían estudios poblacionales más amplios para confirmarlos.

Y una cifra más: la Organización Mundial de la Salud, tomando como referencia cifras de Alzheimer’s Disease International, afirma en su informe anual 2010 que existen 36,5 millones de casos de alzhéimer en el mundo, y que el costo global de la asistencia se cifra en 604.000 millones de dólares anuales. La OMS estima que si disminuyera el 10 % la exposición a todos los factores de riesgo (y teniendo en cuenta la aparición de 7,7 millones de nuevos casos anuales) el riesgo se podría reducir en 250.000 nuevos casos en el mundo por año.

En fin, las apabullantes cifras que hemos citado persiguen dar una correcta dimensión a lo que se podría conseguir si todos nos concienciáramos de que somos los actores principales sobre nuestra propia salud. Pero, ¿cómo se hace prevención en concreto? Aunque hay muchas recomendaciones, formuladas con unas palabras u otras, los Dres. Carnero y Escamilla (2002) propusieron un decálogo claro, sencillo, fácilmente cumplimentable, que se encuentra en plena vigencia en la actualidad, por lo que lo transcribo a continuación:

Sobre el cuerpo:

  1. Dieta sana: comer no excesiva cantidad, pero de todos los alimentos. Ingerir alcohol con moderación.
  2. No fumar. Evitar otros tóxicos: un factor tóxico reconocido en las personas mayores es la automedicación. Debe ser el médico el que nos haga las recomendaciones farmacológicas, y seguirlas puntualmente.
  3. Mantener una actividad física adaptada al estado de la persona. Se pone por ejemplo que caminar 45 minutos diarios a buen paso, al menos 5 días por semana es una buena forma de mantener actividad física moderada. 
     
    Sobre la mente:
  4. Proteger la cabeza. Evitar la depresión. Si se detecta un bajo estado de ánimo o tristeza, desgana, apatía, desinterés por lo que nos rodea, sensación de no disfrutar con lo habitual o con nada, son síntomas de sospecha que nos deben inducir a pedir ayuda al médico.
  5. Las relaciones sociales son muy preventivas. Hay que mantener las amistades, salir con gente, departir, hacer tertulias, jugar partidas, en definitiva, huir de la soledad. Los autores citados lo expresan literalmente muy bien: «asóciate, agrúpate, emparéjate».
  6. Nunca debe cesar la actividad intelectual: leer periódicos o libros, hacer crucigramas, estudiar aquella disciplina sobre la que hemos trabajado en nuestra vida profesional activa, dibujar, hacer cálculos, ir al cine o al teatro, cultivar aficiones, coleccionar, planificar (viajes, comidas, acciones, diversiones, trabajos…).
  7. Mantenerse informado de lo que pasa a nuestro alrededor.
  8. Divertirse, mejor en compañía.
  9. Ocupar el tiempo libre, especialmente el que se produce después de la jubilación. Hay que llenar el día de actividad.
  10. Tener siempre presente que: «Nunca es tarde para emprender ni para aprender».

Para concluir, todas las acciones de este tipo, llevadas a cabo de forma particular en personas sensibilizadas; o por organizaciones gubernamentales o no gubernamentales de intervención con personas mayores; como programas o campañas a veces, puntuales; desde luego, siempre con la mejor voluntad y con planteamientos muy serios, deberían estar enmarcadas en un Plan de prevención, dentro de una Estrategia nacional de salud, no sólo para alzhéimer, sino en sentido amplio, planificado, coordinado, llevado a cabo por y con todos los actores, evaluado y con continuidad, por la autoridad sanitaria de nuestro país con visión de futuro sobre la salud de sus ciudadanos.

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