Nuevas terapias: Coaching en situaciones de cuidado

Nuevas terapias: Coaching en situaciones de cuidado

REALIDAD Y MITOS DE LAS TERAPIAS NO FARMACOLÓGICAS (TNF) III

JOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ MARTÍNNeuropsicólogo – Psicólogo General Sanitario

En esta ocasión vamos a hablar del «coaching». Dentro de las novedosas formas de intervención, este método se propone como una solución más cuyo fin es mejorar la adaptación y conseguir la forma más eficaz para alcanzar los objetivos fijados con los recursos y habilidades propios de la persona. De alguna manera, se trata según sus propuestas, de sacar el máximo partido a la potencialidad de la persona y que con una motivación adecuada y utilizando nuevas estrategias que la persona debe re – descubrir con ayuda del coach, llegar a conseguir sus deseos o metas.

El coaching viene de la tradición anglosajona y americana de aplicar métodos de mejora de rendimiento en ámbitos deportivos y empresariales. A partir de aquí, toma caracteres dirigidos al individuo y surge el coach personal.

En alzhéimer, es posible ver coaches que dirigen su actividad a los cuidadores. Pueden encontrarse personas que ejercen esta actividad ya sea trabajo profesional o dentro de redes como asociaciones (formato que se aplica más en países como Estados Unidos), fundaciones u otro tipo de organizaciones.

Según los métodos generales de aplicación del coaching, la intervención va dirigida a la consecución de resultados. En una situación de cuidado, los resultados deseables son la mejor calidad de vida del cuidador y en consecuencia de la persona con demencia.

Como metodología de intervención, conociendo las diversas formas de intervención profesional dentro de estos contextos, quizá no es la manera más efectiva de conseguir los objetivos, por varios motivos que vamos a ir desarrollando.

En primer lugar, desde una visión terapéutica, las situaciones de cuidado susceptibles de intervención tienen un alto componente estresante influido por múltiples variables contextuales y personales. El enfoque de búsqueda de estrategias que fuercen al individuo (motu propio o/y dirigido por un coach) a cambiar conductas en función de la consecución de unos objetivos concretos puede ser un aliciente más al reforzamiento del estrés o a sensaciones de indefensión aprendida, agotamiento emocional o burnout. Es más, en estos casos es deseable un acercamiento más emocional y dirigido a la aceptación y búsqueda de conductas deseables y saludables y no tanto a conductas o metas a conseguir. El componente motivacional debe ser fundamentalmente interno, y no dirigido por el terapeuta, sino determinado por la propia necesidad de la persona y su propia situación. Esta motivación es la que favorece una dirección de la acción comprometida, por el propio individuo y no dirigida.

Este es un punto controvertido desde el punto de vista profesional. El coach favorece el análisis, motiva, refuerza la toma de decisiones, etc. Pero su rol es directivo en una dinámica dirigida a la consecución de metas. Para una intervención efectiva a largo plazo y que favorezca la autonomía de la persona, es la propia persona la que debe tomar las riendas de estos aspectos y de su propio contexto, no ser «dirigido a».

Por otro lado, la filosofía de la superación y la competitividad están muy lejos de favorecer una mejor calidad de vida en estos contestos de cuidado.

En cuanto a la metodología concreta del coaching no se encuentran estudios relevantes sobre su efectividad en este contexto. Si es verdad que algunos de los componentes que se manejan en las intervenciones se basan en intervenciones terapéuticas probadas, pero en este caso, el resultado no es igual al producto de sus componentes. Es posible aplicar técnicas motivacionales, junto a principios de modificación de conducta, sumados a unos gramos de relajación o meditación, e incluso análisis funcional; pero todo ello junto no garantiza los efectos sumatorios, es más, como se decía anteriormente, puede ser contraproducente. La aplicación de un método de investigación científica o de validación no se ha llevado a cabo con resultados significativos.

Se debe señalar que es una actividad no sanitaria, no está acreditada por organismos oficiales, de hecho las titulaciones y el control de la formación y protocolos es realizado por sus propias organizaciones y asociaciones. Por todo ello, no hay criterios éticos, profesionales y deontológicos que salvaguarden estas prácticas.

Quizá por esta razón, de forma general el coaching está dirigido a personas que no tienen problemas graves (y mucho menos alguna patología – depresión, ansiedad, estrés, etc.), sino más bien a personas que necesitan un apoyo y dirección para conseguir algo. Pero estos no son los objetivos deseables para un cuidador.

Sin embargo, hay profesionales que movidos por la atracción y la novedad del coaching, aunque sean profesionales sanitarios (psicólogos, psiquiatras, etc.) utilizan alguna práctica dentro de sus protocolos. En estos casos, puede ser que se cumplan todos los criterios de profesionalidad exigibles.

Como conclusión, diría que la indicación del coaching en los contextos de cuidado de una persona con demencia, y concretamente en el ámbito del alzhéimer, tiene muy poco que aportar. Hay recursos más baratos e igualmente efectivos que sin ser necesariamente terapéuticos, pueden ayudar a orientar a la persona en su situación (esto último será objeto de otro artículo) de cuidado. Y si realmente la necesidad es de una intervención terapéutica por el sufrimiento de una patología, realmente el coaching no es el método indicado.

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