La lírica del cuerpo

La lírica del cuerpo

Ana Luz de Andrés TeránDanzaterapeuta

El cuerpo es como una casa que habitamos, que nos contiene y que poblamos a la vez. Es un espacio expresivo. Nuestro espacio, nuestro medio general de poseer un mundo. Valorar el mínimo gesto es vivir el propio cuerpo, buscar los ecos que se despiertan en él y las prácticas corporales no son más que una guarida donde mantener vivo lo vivo. Optar por la danza implica elegir el cuerpo como lugar de relación con el mundo, como instrumento de conocimiento, de expresión y de pensamiento.

Antes de la aparición de la danza contemporánea o danza moderna, el cuerpo para el baile, estaba determinado y estructurado. El torso era algo rígido e inexpresivo, las extremidades eran los privilegiados y casi únicos elementos de la expresión. En cambio el cuerpo contemporáneo da rienda suelta a las zonas corporales que no controlan el discurso. Vientre, tórax, nuca o espalda inician el movimiento de forma que las extremidades cambian su lenguaje. Por ejemplo, la cabeza ya no tiene una función exclusivamente expresiva, se abandona al movimiento del todo o se aísla colgando del cuello. A partir de principios del siglo XX se empieza a entender el cuerpo como un cuerpo pensante y productor de sentido. Es un inmenso abanico de tonalidades y poética, Laban lo denomina la “firma corporal”, existen infinitos cuerpos cada uno con una melodía diferente.

El diálogo más importante que se produce en las sesiones de Danza Creativa Terapéutica es el que se produce entre el danzante y su cuerpo. La percepción de sí mismo a través del movimiento produce sensaciones, emociones que favorecen el reencuentro con el self. Se hace presente un cuerpo con historia que hace posible la reconciliación entre memoria y olvido. Frente a una persona con demencia nos encontramos con una mente transitoria, sin raíces, acompañada de un cuerpo lleno de saberes que recuerda su dimensión existencial y reclama su lugar en el espacio-tiempo. Los participantes de las sesiones se comunican, independientemente de sus afasias y capacidades cognitivas, gracias a que su movimiento circula fuera de las fronteras verbales de la racionalidad. Como dice Louppe (2011), “El cuerpo tiene su propio lenguaje que el lenguaje no conoce”, (p.55). El cuerpo será entonces un discurso que se construye en un tiempo propio y relata la historia del sujeto. Construimos un escenario de recuerdos desmemoriados y vivimos el cuerpo como una experiencia del movimiento, el espacio y el tiempo. El bailarín desmemoriado crea una danza despojada, sin intenciones conscientes arraigada en las más profundas tradiciones que le enraízan a la realidad y al otro.

Bibliografía
Louppe, L. (2010). Poética de la danza contemporánea. Salamanca (España): Universidad de Salamanca.

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