Historia de los tratamientos farmacológicos para la demencia

Manuel Menéndez GonzálezNeurólogo del Hospital Álvarez Buylla, Mieres (Asturias)

A finales del siglo XX se aprueba la comercialización del primer fármaco que demuestra cierta eficacia para combatir la enfermedad de Alzheimer: la tacrina. A principios de los años 80 se publica un trabajo en The New England Journal of Medicine, donde 12 de los 18 enfermos estudiados presentaron una espectacular mejoría. Estos buenos resultados hicieron que la industria farmacéutica propietaria de la tacrina se decidiera a seguir investigando. Más de 10 años de estudios en muchos pacientes con esta enfermedad culminaron con su comercialización en los Estados Unidos en septiembre de 1993.

Dos estudios fueron cruciales en este sentido, en los que participaron más de 600 pacientes, con unos criterios diagnósticos y de clasificación de la enfermedad de Alzheimer más homogéneos, utilizando nuevos instrumentos de evaluación desarrollados al efecto. Los resultados mostraban la eficacia sintomática de la tacrina sobre la enfermedad y la buena tolerabilidad del medicamento. Este tratamiento sintomático tiene como objetivo mejorar la pérdida de la memoria y es eficaz mientras se está tomando. Sin embargo, un reciente análisis a largo plazo sugiere que existe un cierto efecto enlentecedor de la enfermedad. Este trabajo, que se publicará en agosto en la revista Neurology, demuestra que los pacientes con enfermedad de Alzheimer que tomaban menos de 120 mg/d de tacrina ingresaban en residencias una media de un año antes que los que tomaban 120 mg/d o más. Además, también parece existir una menor mortalidad en el grupo que tomaron las dosis de 120 mg/d o más. Sin embargo, los efectos secundarios, especialmente la hepatopatía, han ido reduciendo su uso y en muchos países se acordó la retirada progresiva de este fármaco del mercado.

A este anticolinesterásico pronto le siguieron otros, como el Donepezilo, la Rivastigmina y la Galantamina, disponibles en formulación oral y la Rivastigmina disponible también en forma de parche transdérmico. La indicación de estos tratamientos se ha ido extendiendo desde la enfermedad de Alzheimer a otras demencias neurodegenerativas, como el uso de Rivastigmina para la demencia por cuerpos de Lewy y demencia asociada a la enfermedad de Parkinson e incluso hay evidencia que avala el uso de estos fármacos en la demencia mixta con componente vascular.

De los anticolinesterásicos pasamos a la otra molécula comercializada en la actualidad para la enfermedad de Alzheimer: la memantina. El clorhidrato de memantina se sintetizó originariamente en 1963 buscando un fármaco antidiabético, pero resultó ser ineficaz para este objetivo. Una década más tarde se comprobó que tenía cierta eficacia en la enfermedad de Parkinson, si bien no se llegaron a promover ensayos clínicos en este sentido. En 1989 se describió su mecanismo de acción, consistente en un antagonismo reversible de los receptores N-Metil-D-Aspartato (NMDA), y se comenzó a usar en Alemania como un fármaco para el tratamiento de la demencia. Sin embargo, los ensayos clínicos que condujeron a su aprobación formal para el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer no concluyeron hasta finales de la década de los 90; siendo aprobado su uso en la Unión Europea en el año 2002 y en Estados Unidos en 2003 para el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer moderadamente avanzada. Y desde entonces no se han aprobado nuevos fármacos para el tratamiento de las demencias en general, y de la enfermedad de Alzheimer en particular. Más de una década ausentes de nuevas armas terapéuticas para luchar contra una enfermedad que causa tanto daño a los pacientes y a sus familiares.

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