Atención a colectivos sensibles

JUAN SISO MARTÍNPROFESOR DE DERECHO SANITARIO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS DE LA SALUD DE LA UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS. MIEMBRO DEL COMITÉ DE ÉTICA ASISTENCIAL DEL IMSERSO y DE LA ASOCIACIÓN NACIONAL DE DERECHO SANITARIO

La enfermedad de Alzheimer, auténtico universo clínico, es en realidad, una variante de un grupo de demencias y aunque el debate se centra en su etiología y terapias, hay una evidencia científica acerca de sus manifestaciones clínicas. Estamos en presencia de una patología que ocasiona una grave afectación de la capacidad de la persona que la padece. Sufren una auténtica patología de la libertad. En estas situaciones se producen distorsiones especiales de la capacidad de entender y por tanto de decidir. Esta enfermedad degenerativa neuronal sitúa a quien la padece en un progresivo deterioro de sus capacidades intelectivas. El daño que se produce en la persona que la sufre y en su entorno familiar es difícilmente comprensible por quien no conoce esta realidad.

Estas personas, no obstante, no pierden de forma brusca e instantánea sus capacidades y por ello han de ser reputadas capaces hasta que el deterioro que sufren haga imposible mantener esta consideración. Es capital entender que un enfermo de alzhéimer, mientras no se encuentre en las fases avanzadas de su patología, es una persona a la que hay que presumir capaz y dispensarle idéntico trato que a un sujeto en posesión de todas sus potencialidades, sin precisar de la presencia o intermediación de ningún representante.

Escuchar, informar, valorar su opinión y ayudar a decidir a estas personas es el sustrato imprescindible para construir una atención sanitaria digna y para tratar de estabilizar, en la medida de lo posible en cada caso, la autoestima de estos colectivos. Sucede así en la generalidad de las actuaciones profesionales hacia ellos, pero en algunas ocasiones se olvida y socialmente ni es admisible ni nos conviene como colectivo humano que somos.

Conviene llamar la atención sobre este supuesto, ante el grave y dramático riesgo de considerar a estos enfermos personas sin valor y cerrarles el acceso a una atención sanitaria equitativa y solidaria. Urge abandonar la idea de que en esta sociedad impere un terrible sálvese quien pueda y los débiles, no pueden. Cuando en determinados terrenos vitales ya nada cabe esperar tiempos mejores, sí que se puede exigir, sin embargo, ser tratado con dignidad.

El grado de evolución de una sociedad podemos medirlo por la sensibilidad que tiene y la consideración que dispensa hacia sus miembros más débiles.

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