Ante la pandemia por COVID-19: el difícil equilibrio entre el aislamiento social y el bienestar socioemocional en entornos residenciales.

 Fuente: Pixabay

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Mercedes Fernández Ríos1, 2. Asociación Familiares Alzheimer Valencia1. Universitat de València2

Rosa Redolat Iborra2 . Catedrática de Universidad, Departamento de Psicobiología, Universitat de València2

Emilia Serra Desfilis2. Catedrática de Universidad, Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación, Universitat de València2

Juan José Zacarés González2. Profesor Titular de Universidad, Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación, Universitat de València2

Desde que el pasado mes de Marzo la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente la enfermedad causada por el coronavirus Sars-CoV-2 como pandemia, el virus ha irrumpido en muy diversos ámbitos, alterando tanto nuestras rutinas como nuestras propias vidas. A estos efectos negativos se suma la incertidumbre acerca de la duración y efectos colaterales que esta crisis sanitaria puede tener sobre aspectos tan diversos como la economía, la forma de relacionarnos con los demás o el impacto psicológico que esta situación puede causar sobre diferentes grupos de población. En base a diversos estudios publicados recientemente es esperable que estas consecuencias se exacerben en grupos de población como las personas mayores o en los profesionales sanitarios que han trabajado en primera línea para hacer frente a la crisis.

Con el fin de frenar la propagación de la pandemia se propusieron una serie de medidas para el conjunto de la sociedad que derivaron en estrictos protocolos para las residencias de mayores. El aislamiento social ha sido una de las principales medidas propuestas para evitar el contagio del virus. En los centros residenciales la implementación de estas medidas llevó a prohibir visitas de familiares, aislar a los residentes en sus habitaciones o regular el uso zonas comunes, así como a evitar y/o restringir la participación en actividades en grupo, asegurándose que se cumpliesen en todo momento las medidas de distanciamiento físico. El aislamiento como medida de seguridad podría tener también efectos negativos puesto que entra en conflicto directo con la propia naturaleza del ser humano que necesita del contacto social. Teniendo en cuenta este escenario, en el que se produce una disminución significativa de interacciones sociales, una escasa estimulación y una posible desorientación temporo-espacial, es probable aparezcan entre los residentes alteraciones de conducta, agotamiento y sentimientos de soledad que influyan en su desarrollo social y emocional.

En este contexto, la tarea de cuidado de personas de edad avanzada puede conllevar riesgos físicos y emocionales tanto para los profesionales como para los cuidadores informales. Entre los efectos negativos de la pandemia por COVID-19 podemos señalar la sobrecarga que puede generar el cuidado durante el confinamiento. La ausencia por el momento de una vacuna o de un tratamiento efectivo, la escasez de material de protección así como la necesidad de extremar medidas higiénicas han podido aumentar la sensación de inseguridad tanto en los propios residentes como en sus cuidadores.

Se ha propuesto que las nuevas tecnologías de la información y comunicación podrían suponer un apoyo ante los retos que se presentan. Por ejemplo, durante el reciente periodo de confinamiento el uso de videollamadas como forma de conservar el contacto con la red social formada por familia, amigos o conocidos ha aumentado de forma exponencial. En el caso de las residencias de mayores el uso de este tipo de tecnologías se ha convertido en una oportunidad para seguir manteniendo relaciones sociales significativas con los familiares durante el periodo de confinamiento. Se puede hipotetizar que este contacto “virtual” genera bienestar y reduce la sensación de aislamiento a pesar de la distancia real. En estos momentos el uso de la tecnología está suponiendo un gran apoyo puesto que permite mantener el contacto social (compensando así la ausencia de contacto físico impuesto por las medidas de distancia social) y, además, brinda oportunidades para la estimulación sensorial, la participación en actividades placenteras, o la estimulación física y/o cognitiva de los residentes. Estos datos ponen de manifiesto la necesidad de tener en cuenta la incorporación de la tecnología para el diseño e implementación de las intervenciones que se propongan desde los centros ante los nuevos escenarios que se abren en la lenta y controlada transición hacia la normalidad.

Por último, el aislamiento social dificulta, en un nivel más profundo, la satisfacción de necesidades personales y emocionales asociada a la interacción con los demás. Por consiguiente, los modelos de atención también deben de asegurar y promover las relaciones interpersonales puesto que estas son fundamentales en cualquier etapa de la vida y en cualquier contexto. El psicólogo Erik Erikson describió en su teoría psicosocial las tareas que han de afrontarse para avanzar de modo óptimo en el desarrollo a lo largo de ciclo vital.  La pandemia ocasionada por COVID-19 puede estar interfiriendo en las tareas planteadas por Erikson para cada etapa del ciclo vital. Por ello, además velar por la seguridad física para minimizar los contagios, sería necesario atender asimismo al desarrollo social y emocional del grupo de adultos mayores La dilación en el tiempo del confinamiento está agravando los efectos secundarios producidos por el aislamiento. En la actual etapa, y a pesar de que se han puesto en marcha las primeras medidas de desconfinamiento, en los centros residenciales los residentes siguen sin poder ver a sus familiares, y se espera que las siguientes medidas sean también restrictivas con la finalidad de salvaguardar su salud física. Por ello la puesta en marcha de nuevos protocolos debería considerar como uno de sus objetivos minimizar los efectos negativos de este largo proceso de confinamiento y aislamiento Además, estas medidas deben de tener en cuenta la necesidad del contacto social para el desarrollo de cualquier persona, sea cual sea la etapa del ciclo vital en la que se encuentre en este momento. En este contexto se plantea la necesidad de diseñar intervenciones que permitan mantener la salud pública alineando los intereses colectivos e individuales de todas las personas afectadas.

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