¿Accesibilidad universal? Construyamos rampas hacia nuestra empatía

Dunia ChappotinPsicogerontóloga

Escena 1:

Juana, 82 años, sube trabajosamente la rampa que lleva al interior del supermercado más cercano a su casa. Toma una cesta y la llena de los productos que necesita. Se suma a la fila de la caja para pagar. Llega su turno, 18.32 euros dice la cajera, Juana saca la cartera y con evidentes signos de confusión comienza a sacar dinero, pregunta a la chica si ya es suficiente, aún faltan 3.35 euros. Mientras, el señor que sigue tras ella esperando para pagar se desespera y emite claros sonidos de desaprobación. Juana se sabe observada, la vergüenza que siente es evidente. Finalmente la cajera sostiene el dinero y amablemente le muestra lo que toma y lo que devuelve. Juana pide perdón «los años» dice.

Escena 2

Antonio, 72 años, bastón en mano espera el autobús. Finalmente llega, abre sus puertas y pesadamente se deja caer a un lado. Antonio puede subir fácilmente; «estos inventos modernos, qué maravilla». Saca su tarjeta, marca el viaje y se dispone a alcanzar un asiento cercano. No llega a su objetivo, el chófer del autobús sale disparado, Antonio queda haciendo equilibrios imposibles, Antonio cae.

¿Qué hay de común en estos casos? La accesibilidad física está asegurada, rampas que seguro cumplen con su grado de inclinación, sonidos y colores fáciles de percibir y, sin embargo, el resultado final es una anciana avergonzada y otro en el suelo. Falla, tristemente, el factor humano.

La Ley 51/2003, de 2 de diciembre, de Igualdad de Oportunidades, No Discriminación y Accesibilidad Universal es un garante para lograr la accesibilidad física, sensorial y cognitiva que poco puede hacer cuando detrás existe una persona que pone barreras desde su conducta a que nuestro entorno sea amigable para todos.

¿Qué puede existir detrás de estos comportamientos? Las razones sin duda son múltiples, pero hay una que me resulta de especial relevancia: la no visibilidad a nivel comunitario de los mayores con alteraciones cognitivas y funcionales. Como consecuencia no se normaliza la percepción social sobre este tema ni se crea una sensibilidad hacia las necesidades de las personas con esta condición. Las familias llegan a sentirse avergonzadas de que uno de sus miembros padezca demencia. Salir a la calle con un familiar con alteraciones conductuales puede ser un reto no solo por los propios síntomas, sino además por la reacción de quienes le rodean. No sucede así con otras patologías o trastornos que han alcanzado una mayor atención social y las personas que lo padecen, una plena integración en su entorno.

Otro actor importante en este panorama: los centros residenciales viven totalmente alejados del entramado social que los circunda; una vez dentro contadas son las ocasiones en que la anciana/o interactúa con algo más allá del perímetro de la residencia que le ha tocado en suerte. Después, se pretende la orientación espacial y temporal, el mantenimiento de las demás funciones cognitivas, un buen estado afectivo ¿Viendo, escuchando, oliendo y tocando siempre lo mismo? Difícil lo tienen. Con ese modelo pierden todos: los residentes su vínculo con el exterior, y la sociedad la oportunidad de normalizar la percepción social sobre una de las patologías más comunes del siglo XXI.

Afortunadamente cada vez son más las voces que intentan cambiar este escenario. En Australia, la organización Alzheimer’s Australia WA está desarrollando el proyecto denominado Comunidades Demencia-friendly que pretende hacer frente al estigma y el aislamiento social asociado a la demencia. En términos semejantes se expresan los creadores de otro proyecto, esta vez en Inglaterra, denominado South Gloucestershire Dementia Action Alliance que también pretende convertir esta área en una comunidad demencia-friendly. El proyecto tiene el apoyo de varias organizaciones y su lanzamiento contó con una alta participación de grupos comunitarios. En Watertown,Wisconsin, EE.UU, un ángel púrpura indica aquellos negocios en que los empleados están capacitados para tratar a personas con demencia.

Una comunidad demencia-friendly es un lugar donde las personas que viven con demencia son apoyados para que vivan con calidad de vida, significado, propósito y valor. Una sociedad más familiarizada y sensibilizada con ese tema puede reaccionar mejor a los desafíos que impone el acelerado envejecimiento poblacional. Ver a un anciano desorientado en la calle es razón para acercarse y ayudar , no adoptar actitudes que en muchos casos atentan contra su dignidad. Los mayores son sujetos de derecho y como tal merecen todo nuestro respeto a sus condiciones físicas, cognitivas y emocionales.

Os dejo con un hermoso ejemplo de visibilidad de las personas mayores con alteraciones cognitivas. Familia, cuidadores profesionales, niños y estrellas del rock que unen sus voces a las de personas con alzhéimer. La mayor parte de las veces no hace falta tanto, Juana y Antonio solo necesitaban de nuestra empatía.

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